02 diciembre 2014

Miguel Sanchez Ostiz un escritor clandestino

Si un hombre se la juega en las distancias cortas, según la publicidad, un escritor demuestra su talento en el texto breve. 

No hablamos de quienes circulan como escritores aunque nunca hicieron literatura sino de los que son literatura aunque apenas publiquen o lo hagan con escasa resonancia, para irreductibles minorías de devotos. No hablamos del figurín que pasma al periodista ful, sino de ese contemporáneo nuestro que, participando de las ocupaciones o desempleos de los demás mortales, de vez en cuando y casi sigilosamente destila, en osada infidelidad a su condición anodina, la secreta insatisfacción del arte escrito que como la carga de Sísifo, sobrelleva en silencio desde aquel minuto estelar en que la letra escarlata de la vocación literaria, trastornándole con su marca imborrable, le incapacitó para la vida. 

De su existencia como escritor clandestino, nos enteramos a veces por habladurías de los colegas, a veces por la aparición pudibunda de un texto magnífico y, pocas veces, cuando la curiosidad pública le entroniza y zarandea. Así pasa ahora con Miguel Sanchez-Ostiz, ese Robinson navarro que, tras ganar el premio Herralde, comparece con un texto deliciosamente provincial en una editorial capitalina de ámbito minoritario. A estas alturas del siglo no sé si resulta rentable, literariamente hablando, bautizar libro propio, como hace nuestro autor, con cita de Baroja. 

En cualquier caso, tan sublime o temeraria decisión denota en quien la adopta una manera de ser, expresiva de una forma de vivir y de entender la literatura tan auténtica como infrecuente. Y es que este libro de Miguel Sanchez-Ostiz -amigo lector, parece hecho a mano y como nacido de pluma aparte. Son cuarenta breves artículos, rematados con la mención del lugar y el momento en que se escribieron. Y en ellos, al concederse el gustazo de hablar de su oficio y devociones con una libertad insólita en nuestras letras, como si nadie fuera a leerle o sólo se aplicaran a ello los que él sabe, revela Sánchez-Ostiz su condición de escritor de fuste. 

Y si algún día los neotorquemadas proceden a quemar este libro -por costumbrista, barojiano, modernista o literario-, habrán acabado en ese instante con el escritor que lo hizo, algo que en contadas ocasiones puede decirse del libro que se comenta. Porque en este libro, lector, que se supone redactado con regularidad, obstinación y decencia artesanales, el autor se expone a desvelar sus latidos, lealtades y animadversiones con el único propósito de servir a la belleza y entenderse con el lector. 

Con lo que las cuarenta proposiciones de Sanchez-Ostiz son su tarjeta de visita de escritor sobradamente conocido y estimado entre quienes la literatura importa. Y para mayor atractivo del lector auténtico, habrá que añadir que en este libro de narraciones breves, al igual que el hombre anuncio de las distancias cortas, Sanchez-Ostiz se la ha jugado con la misma audacia que Antonio Muñoz Molina en su Diario del Nautilus y tantos otros compañeros que publican libros a sabiendas de que no han de circular profusamente, libros en los que el autor da de sí lo más personal de su talento, lo menos impostado de su afectado oficio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario