24 mayo 2018

Espectáculos con desnudos

«Los cantautores -declara Jose Antonio Labordeta- tenemos la obligación de estar por delante de nuestro tiempo. Igual que en cierto momento nos situamos a la vanguardia con nuestras letras, ahora debemos adaptamos a las nuevas tecnologías y no quedarnos colgados con la imagen del cantautor de la guitarra.» . Pese a este comentario y la evidencia -a partir especialmente de su disco Qué queda de tí- de su interés por lo novedoso, en su último espectáculo que presenta hoy, mañana y pasado en el San Juan Evangelista de Madrid, ha apostado por la sencillez: por la pureza poco asequible de la poesía. 

«Este espectáculo es un acto bastante deshonesto; me desnudo muchísimo -confiesa Labordeta. Hace tiempo escribí un libro mas o menos autobiográfico, Con la voz a cuestas, en el que contaba por qué decidí convertirme en "cantautor de las narices", como dice mi amigo Aute y pensé que con un espectáculo podría hacer algo parecido». 


«En estas actuaciones -continúa- hago una especie de repaso de mi trayectoria; hablo de mis grandes maestros -Brassens, Cesar Vallejo o mi hermano Miguel, de los países que me han influido o de la gente que he descubierto, como mi mujer. Son poemas musicados, íntimos, que me permiten desarrollar toda mi vena teatral, que no es poca; siempre he sido muy teatrero.». Una teatralidad, la de éste otrora profesor de Historia, estrechamente conectada con su indudable vocación didáctica. 

«Yo no acababa de creerme esto de ser cantautor, mi profesión durante muchos años ha sido la de profesor de instituto, lo que pasa es que a medida que iban aumentando los compromisos y las galas me ví obligado a elegir entre mis dos grandes pasiones y ganó la música. La verdad es que he evolucionado al contrario de todo el mundo; he pasado de funcionario a artista, una cosa bastante surrealista y desde luego muy aragonesa». Aragón, la gran constante de la obra de Labordeta, que explica buena parte del caracter de sus obras. «Aragón es una tierra terrible, dramática pero igual que se quiere más a los hijos con problemas, yo siento una pasión visceral por esta tierra abrupta y altiva, que forma parte esencial de mis obras.»

16 mayo 2018

Una noche en Malibú

No hace muchos años, este grupo po de Parla intentaba abrir un hueco en el mundo musical español para los sonidos que formaban sus fijaciones particulares. Música americana de los años cincuenta. Mientras esperaban, y pacientemente luchaban por significarse, muchas cosas se han dado la vuelta y ellos que ya estaban en camino se han encontrado lanzados en el torrente. Hoy la estética del rock primitivo, de los tupes, las heisboleras y los «duduas» son una parte más del gran negocio que tiene su punto de mira en el mercado juvenil. 

Ya no hay contestación ni rebeldía, tan sólo quedan las poses, la estética, la imagen, el mimetismo. Tennessee nunca han ocultado su pasión por Perkins, Presley y otros heroes de las enciclopedias del rock. 

Desde el comienzo de su carrera montaron su oficina de fans y, muy a pesar de los medios y la industria de aquellos años, lograron un público especialmente fiel. Hoy ya no están con una compañía pequeña, si sus grabaciones son procesos casi artesanales. Lanzados por una empresa multinacional, se han convertido en un grupo vendedor. Un público que gusta de los colorines y las fotos de aquel modo de vida americano. 

En realidad un estilo y una forma de entender el fenómeno juvenil que fue, como tantas otras cosas, exportadas a todo el planeta. En todo este tránsito, por fortuna, el grupo no ha ido dejando nada por el camino y su propuesta continúa siendo la misma. Aunque ahora con más toques playeros. Como recordaron en la actuación, cuando nadie creía en las baladas ellos ya las hacían. Interpretaron baladas, como también tocaron versiones de sus clásicos favoritos. Como hilo argumental del recital, estuvieron las canciones de Una noche en Malibú. El concierto comenzó con casi una ahora de retraso. El grupo ha ganado técnicamente. Su devoción les ha obligado a disciplinarse en la interpretación.


Durante la actuación continúan hablando al público para crear un ambiente de fiesta que en sus más fanáticos seguidores dar por seguro. Especial relevancia tiene en todas las actuaciones de grupos como Tennessee la parte vocal. Ellos siempre han estado muy obsesionados con los juegos corales, como corresponde al estilo que interpretan. En directo han de pasar la prueba de la sincronía. Es evidente que también en eso han madurado. 

A riesgo de sacrificar algo de frescura, hacen una demostración técnica vocal, de combinación de tonos diferentes y discurso rítmico especialmente logrados. Lo suyo es, esta más que claro, un acto de puro y simple mimetismo. Música pop fácil de consumir, con marcos de referencia bien concretos. Para muchos de los que bailan sus canciones una muestra más de la magia del pop. Música playera con cuarenta años de historia. Hay quienes piden algo más a la música.

08 mayo 2018

Sinéad O'Connor tiene cáncer

Este pasado jueves en Londres dio por concluida la gira de presentación de su triunfal segundo álbum. Un entusiasmado Hammessmith Odeon la recibió con cariño y la despidió con admiración. Ahora viajará a hacer las américas (del Norte) y después del verano tomará posiciones en escenarios de la Europa continental, incluyendo España, donde está previsto que actúe en noviembre. 

En escena, la frágil y tímida O'Connor sufre una mutación que la muestra como una persona dominadora, capaz de mezclar ritmos hasta convertirse en un escaparate de la música popular de fin de siglo. Su voz, su principal arma, es el hilo conductor de este puzzle que incluye ritmos tradicionales de su tierra, momentos de música negra e instantes de simple y puro rock. Escondida tras su desierta cabeza, sus gestos se hacen elocuentes. Acompaña con su voz sus manos. Pasa de la solitaria guitarra acústica a los pregrabados del «hiphop». Fusiona música de baile con ritmos folklóricos que ella baila con emoción.


Interpreta el Nothing compare 2U y saluda a sus héroes y convicciones políticas para regozijo de los espectadores. Su público es un sector de consumidores de pop que parecían escondidos hasta hace bien poco. El público que sí quiere reivindicar la emoción y la ilusión de la calle. 

Supuestamente alejada de la vorágine del pop insulso del momento, no permite que acudan las cámaras a sus conciertos, se muestra parca en palabras y su principal alegría es la del público. Una vez más las música popular encuentra otro de esos héroes capaces de salvarle la conciencia. Una artista con carisma que se lanza hacia el futuro mientras vemos cómo otros caen devorados. Pero lo verdaderamente saludable es que los que suban en esta patética competencia aporten la suficiente esperanza y magia como la que, por el momento, tiene esta irlandesa de 22 años. 

Frente a la ampulosidad escénica generalizada entre los artistas y grupos del momento, O'Connor aparece encarnando lo simple. Puede que esa sea una de sus bazas. A diferencias de otras compañeras de viaje, como Tracy Chapman o Michelle Shocked, ella ha sabido contextualizar sus canciones. No es una bella y melancólica voz sonando ahora como si fueran los sesenta.

04 mayo 2018

Lloriqueando con Serrat

Santiago era una fiesta el sábado por la noche y esa fiesta se llamaba Joan Manuel Serrat y hablaba en catalán. «Por fin», era el slogan de los miles de carteles que tapizaban cada rincón de Santigo con la foto del cantautor español. «Por fin» repetían dieciocho presas políticas que aún permanecen detenidas en una cárcel chilena cuando abrieron sus rejas y entró Serrat para cantarlas con una guitarra mal afinada, fabricada en la misma cárcel. 

«Es una pena venir a verlas a un sitio como este», les dijo. «Por fin» también exclamaron los cerca de 30.000 espectadores que llenaron el Estadio Nacional, el mismo recinto que reunió a otros miles tras el golpe militar de 1973, detenidos, torturados y muchos de ellos desaparecidos. «Aquí me tienen», gritó Serrat al salir al escenario para completar un recital que había quedado suspendido durante dieciocho años. 1972 fue la última vez que el español, ídolo de varias generaciones de chilenos, visitó Santiago. 


Un año después La Moneda era bombardeada y la dictadura militar impidió el regreso de un cantante que se dedicaba a «denigrar a Chile en el exterior», según rezaba la propaganda oficial. «Disculpen si me demoré un poco, pero no fue culpa mía», dijo Serrat, y el estadio enloqueció de aplausos y vivas. «Este recital es para los que están aquí, para los que viven en el exilio y para los que ya no están con nosotros», proclamó el cantante. El presidente Patricio Aylwin, elegido el 14 de diciembre pasado a la cabeza de una coalición de diecisiete partidos que incluye a socialistas y democristianos, era uno de los espectadores de honor. Su Gobierno había levantado la

prohibición de ingreso que pesaba sobre Serrat y que le había impedido por dos veces la entrada a Chile, una de ellas hace apenas un año y medio. «Disculpe usted presidente que no lo haya saludado antes», dijo Serrat promediando el recital. 

«Es que la emoción me hizo olvidar tantas cosas». Los aplausos de Aylwin se sumaron a los de la chica vendedora de CocaCola que dejó abandonadas sus botellas y se dedicó a contemplar arrobada casi todo el concierto, echando incluso una lagrimarla cuando escuchó Tu nombre me sabe a yerba. Los temas antiguos de Serrat ocuparon la mayor parte de las dos horas y media del recital, conforme a los anuncios que había hecho el propio cantautor, según el cual iba a «terminar de interpretar los temas que dejó a medio cantar». Seis veces hubo de salir al escenario Serrat después de haber terminado sus dos horas programadas y otras seis veces la multitud, formada mayoritariamente por parejas de mediana edad y jóvenes le encendió antorchas y mecheros para iluminar una noche sin luna. 

Al final, Serrat -que había cantado versos de Benedetti y Machado, de Violeta Parra y Miguel Hernández, se despidió con un tango «de rabiosa actualidad», escrito por el argentino Santos Discépolo hace 50 años: Cambalache. «No me apuren», dijo, «que volveré otra vez». Serrat repitió anoche su recital, entre visitas a la Vicaría de la Solidaridad -institución de la Iglesia dedicada a la protección de los derechos humanos- y un paseo a la casamuseo de Pablo Neruda, en Isla Negra, 100 kilómetros al oeste de Santiago. Hoy abandonará el país después de un masivo encuentro con la intelectualidad organizado por el ministro de educación, el socialista Ricardo Lagos.

27 abril 2018

El rock de Loquillo

Seguridad social acaba de lanzar su nuevo trabajo, Introglicerina, y de nuevo está en la carretera para presentarlo. Se ha dicho muchas veces que son uno de los mejores grupos que hay en directo. Saben desenvolverse y divertir a un público ansioso de fuerza y acción. Hace dos años lograron hacer uno de los grandes éxitos de las últimas temporadas la canción Que te voy a dar. 

Fue un tema pionero de la incursión de estructuras «rap» en el pop nacional. En su nuevo álbum, el grupo no ha abundado en este estilo y ha prefirido, en cambio, regresar a los ritmos frenéticos anteriores o, incluso, ir más allá. Ahora el grupo ofrece una columna de fuerza. A muchos les parece puro «heavy» o en todo caso, rock duro con una estética diferente. En realidad hacen una lectura más firme de sus canciones. Cuando el pop cabalga a sus anchas en las listas de ventas, estos valencianos, lejos de renunciar a sus claves musicales, las refuerzan. Apuestan por el ritmo de una forma casi salvaje separándonse de la «ñoñería». El concierto tuvo un sonido brillante. 


Con la sala casi llena, como ya es habitual en sus actuaciones, las primeras filas bailaron sin cesar. Temas como el citado Que te voy a dar, Todo por el aire o el más reciente Acción terminan, por lo oído convirtiéndose en himnos. Durante las pasadas temporadas grabaron con pequeños sellos independientes valencianos. Soporte y canciones les convertían en guerrilleros contra corriente. Ahora han pasado a formar parte de una escudería de una firma madrileña que puede, por su estructura, difundir mejor su obra. 

Tras ver su directo está claro que no han renunciado a nada en el tránsito. Casañ es uno de los pocos «showman» que hay en el rock nacional. Quizá no ejerza como tal y lo suyo sólo es una demostración natural de comunicación personal. Canta los temas bailando, gesticulando y sobre todo relacionándose con el público. La banda logra un sonido contundente, sin fisuras.

19 abril 2018

Me gusta la música zulú

Cuando un músico lanza mensajes como los que repite Clegg en sus conciertos, es difícil separar la emoción de sus propuestas políticas de su obra puramente artística. Casi al final del concierto, y para presentar una canción de su tercer álbum, recordó al público madrileño que Nelson Mandela está libre pero que todavía no puede votar. «Un hombre, un voto», gritó. El pabellón del Real Madrid registró una notable presencia de espectadores, estaba casi lleno. 

El concierto comenzó casi puntual, algo increíble últimamente. Y la gente casi no paró de bailar. En realidad fue algo así como una verbena de ritmos meridionales. Ritmos percusivos con grandes toques exóticos de los que dan aire de aventura y alientan la curiosidad. No resulta difícil comprender por qué tiene el público del hemisferio norte esta especial atracción por los ritmos que vienen del sur. El agotamiento de algunas propuestas musicales nacidas en esta parte del planeta en la que vivimos tiene mucho que ver con ello. Sin embargo, es más complicado entender por qué precisamente Clegg se ha convertido en la referencia de estos sonidos étnicos para el público mayoritario de occidente. En realidad este británico afincado en Suráfrica desde niño cultiva sonidos más híbridos. 

En sus álbumes aparecen junto a la música zulú portes «reggae» y mucho pop. Más claras resultan sus reivindicaciones contra el racismo y mucho más diáfana es su visión de este bello y cruel mundo. Johnny Clegg está recorriendo el mundo presentando sus canciones. Se ha convertido en uno de los mejores embajadores de la lucha del pueblo surafricano. A pesar de los problemas que tiene para cantar en el Reino Unido donde está betado por el sindicato de músicos por cantar en Suráfrica, lo que es evidentemente un rizo bien rizado, ya que allí canta contra el racismo.


Esta ha sido la tercera vez que ha visitado nuestro país. El mercado español le ofrece una buena acogida pero, en comparación no es más que una pequeña parte del éxito que tiene en otros países de la Europa continental. En Francia, por ejemplo, su reciente gira ha sido la gran noticia de la temporada. Estuvo actuando durante una semana en el Zenith de París. Sobre el anchísimo escenario montado para el concierto, no pararon de ambular Clegg y sus compañeros. Ayudados por tres bailarines más, hicieron una demostración de agilidad corporal y de sentimiento muscular. Mandisa Dlanga, que también bailó lo suyo, recibió una fuerte ovación del público cuando fue presentada, junto al resto de la banda, al final de concierto. Ella interpretó algunos de los momentos más emocionantes de la noche. La actuación fue ganando en fuerza conforme se iba desarrollando. 

Parte del público aguardaba a los bailes del grupo. Mientras Clegg iba presentando canciones de sus tres álbumes, la mayor parte de ellas concebidas como himnos. Entra la inquietud y la emoción son interpretados por el grupo. La banda estuvo acompañada por una puesta en escena que comenzó monocorde para terminar siendo brillante. Un fondo liso terminó por dar ambientaciones coloristas Clegg demostró su versatilidad bocal. Cambia de tonos según las canciones. Asimbonanga a I Cali Your Name, con especial incidencia en Cruel, creazy beautiful world, revisando los momentos más populares de su discografía. Una discografía tan exitosa como promocionada. Una larga trayectoria profesional se ha convertido en la muestra más evidente de los ritmos africanos.

11 abril 2018

Castrados e impotentes

Cada personaje en Pop...y patatas fritas tiene su propio drama; es decir, su dolor personal, su frontera erizada en el desafecto de los demás. El de Paco, aunque lo parezca, no es Chity, sino Tere; el de Tere, su ex marido; el de Javi, una novia que lo deja por las repercusiones que, en su conducta personal, pueda tener el nombre del grupo musical a que pertenece: «Castrados e impotentes». En esta red de desencuentros entre una profesora cuarentona, una vivalavirgen nostálgica, un escritor sin futuro y un músico desesperado y beodo, trata de reflejarse el espíritu, el lenguaje y la sentimentalidad de estos tiempos. 

Los personajes son simpáticos, incluso bondadosos, y caen bien a la gente y público en general. Si son incapaces de reflejar el nervio auténtico y profundo del tiempo al que pertenecen, no lo son tanto que muchos espectadores no puedan reconocerse en ellos. Por otra parte, los actores también son muy simpáticos y caen bien: está la belleza efervescente de Cristina Higueras; la belleza de gran dama de Mercedes Alonso; el oficio seguro de Juan Meseguer y la espontaneidad, desnortada a veces, de Gabi Martín. Y el sentido del ritmo y la fluidez de la dirección de Catena.


La moraleja del cuento es de un moderado y discreto optimismo que viene a decir, más o menos: no hay dolor que cien años dure ni pacto sentimental que no pueda arreglarse con un poco de buena voluntad, una razonable confianza en las insuficiencias de la vida y otra, no menos razonable, en la capacidad de adaptación de los humanos. Habrá quien diga que esta placentera armonía universal se consigue a costa de sacrificar el impetuoso sentido de la libertad de Chity, la vivalavirgen. Pero también es verdad que ese ímpetu acaba, primero en un ataque de histeria y luego en el altar matrimonial. Esa agridulce sensación de amable fatalidad, esa indefinición entre la libertad de la pasión y el sometimiento a la razón práctica, gusta al público. Y también le gusta, aunque lo divida, la discusión entre las dos mujeres sobre sus respectivas moralidades. 

Lástima que todo esto no esté convincentemente «dramatizado», es decir trasladado a un lenguaje teatral válido y reconocible por sí. Pero en Pop...y patatas fritas hay un fin de semana en El Escorial de infinitas posibilidades y sugerencias; una noche prematrimonial tórrida y de alto voltaje y una guitarra, cuyo sentido salvador y triunfal resurge a última hora. Con esto y en verano, la gente lo puede pasar bomba.
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