19 abril 2018

Me gusta la música zulú

Cuando un músico lanza mensajes como los que repite Clegg en sus conciertos, es difícil separar la emoción de sus propuestas políticas de su obra puramente artística. Casi al final del concierto, y para presentar una canción de su tercer álbum, recordó al público madrileño que Nelson Mandela está libre pero que todavía no puede votar. «Un hombre, un voto», gritó. El pabellón del Real Madrid registró una notable presencia de espectadores, estaba casi lleno. 

El concierto comenzó casi puntual, algo increíble últimamente. Y la gente casi no paró de bailar. En realidad fue algo así como una verbena de ritmos meridionales. Ritmos percusivos con grandes toques exóticos de los que dan aire de aventura y alientan la curiosidad. No resulta difícil comprender por qué tiene el público del hemisferio norte esta especial atracción por los ritmos que vienen del sur. El agotamiento de algunas propuestas musicales nacidas en esta parte del planeta en la que vivimos tiene mucho que ver con ello. Sin embargo, es más complicado entender por qué precisamente Clegg se ha convertido en la referencia de estos sonidos étnicos para el público mayoritario de occidente. En realidad este británico afincado en Suráfrica desde niño cultiva sonidos más híbridos. 

En sus álbumes aparecen junto a la música zulú portes «reggae» y mucho pop. Más claras resultan sus reivindicaciones contra el racismo y mucho más diáfana es su visión de este bello y cruel mundo. Johnny Clegg está recorriendo el mundo presentando sus canciones. Se ha convertido en uno de los mejores embajadores de la lucha del pueblo surafricano. A pesar de los problemas que tiene para cantar en el Reino Unido donde está betado por el sindicato de músicos por cantar en Suráfrica, lo que es evidentemente un rizo bien rizado, ya que allí canta contra el racismo.


Esta ha sido la tercera vez que ha visitado nuestro país. El mercado español le ofrece una buena acogida pero, en comparación no es más que una pequeña parte del éxito que tiene en otros países de la Europa continental. En Francia, por ejemplo, su reciente gira ha sido la gran noticia de la temporada. Estuvo actuando durante una semana en el Zenith de París. Sobre el anchísimo escenario montado para el concierto, no pararon de ambular Clegg y sus compañeros. Ayudados por tres bailarines más, hicieron una demostración de agilidad corporal y de sentimiento muscular. Mandisa Dlanga, que también bailó lo suyo, recibió una fuerte ovación del público cuando fue presentada, junto al resto de la banda, al final de concierto. Ella interpretó algunos de los momentos más emocionantes de la noche. La actuación fue ganando en fuerza conforme se iba desarrollando. 

Parte del público aguardaba a los bailes del grupo. Mientras Clegg iba presentando canciones de sus tres álbumes, la mayor parte de ellas concebidas como himnos. Entra la inquietud y la emoción son interpretados por el grupo. La banda estuvo acompañada por una puesta en escena que comenzó monocorde para terminar siendo brillante. Un fondo liso terminó por dar ambientaciones coloristas Clegg demostró su versatilidad bocal. Cambia de tonos según las canciones. Asimbonanga a I Cali Your Name, con especial incidencia en Cruel, creazy beautiful world, revisando los momentos más populares de su discografía. Una discografía tan exitosa como promocionada. Una larga trayectoria profesional se ha convertido en la muestra más evidente de los ritmos africanos.

11 abril 2018

Castrados e impotentes

Cada personaje en Pop...y patatas fritas tiene su propio drama; es decir, su dolor personal, su frontera erizada en el desafecto de los demás. El de Paco, aunque lo parezca, no es Chity, sino Tere; el de Tere, su ex marido; el de Javi, una novia que lo deja por las repercusiones que, en su conducta personal, pueda tener el nombre del grupo musical a que pertenece: «Castrados e impotentes». En esta red de desencuentros entre una profesora cuarentona, una vivalavirgen nostálgica, un escritor sin futuro y un músico desesperado y beodo, trata de reflejarse el espíritu, el lenguaje y la sentimentalidad de estos tiempos. 

Los personajes son simpáticos, incluso bondadosos, y caen bien a la gente y público en general. Si son incapaces de reflejar el nervio auténtico y profundo del tiempo al que pertenecen, no lo son tanto que muchos espectadores no puedan reconocerse en ellos. Por otra parte, los actores también son muy simpáticos y caen bien: está la belleza efervescente de Cristina Higueras; la belleza de gran dama de Mercedes Alonso; el oficio seguro de Juan Meseguer y la espontaneidad, desnortada a veces, de Gabi Martín. Y el sentido del ritmo y la fluidez de la dirección de Catena.


La moraleja del cuento es de un moderado y discreto optimismo que viene a decir, más o menos: no hay dolor que cien años dure ni pacto sentimental que no pueda arreglarse con un poco de buena voluntad, una razonable confianza en las insuficiencias de la vida y otra, no menos razonable, en la capacidad de adaptación de los humanos. Habrá quien diga que esta placentera armonía universal se consigue a costa de sacrificar el impetuoso sentido de la libertad de Chity, la vivalavirgen. Pero también es verdad que ese ímpetu acaba, primero en un ataque de histeria y luego en el altar matrimonial. Esa agridulce sensación de amable fatalidad, esa indefinición entre la libertad de la pasión y el sometimiento a la razón práctica, gusta al público. Y también le gusta, aunque lo divida, la discusión entre las dos mujeres sobre sus respectivas moralidades. 

Lástima que todo esto no esté convincentemente «dramatizado», es decir trasladado a un lenguaje teatral válido y reconocible por sí. Pero en Pop...y patatas fritas hay un fin de semana en El Escorial de infinitas posibilidades y sugerencias; una noche prematrimonial tórrida y de alto voltaje y una guitarra, cuyo sentido salvador y triunfal resurge a última hora. Con esto y en verano, la gente lo puede pasar bomba.

03 abril 2018

Silvio Rodríguez desafina cantando

Silvio Rodríguez volvió a congregar en Madrid, como en los buenos tiempos de la «nova trova cubana», a miles de seguidores, aunque éstos bien pudieran ser los hijos de la generación que le catapultó al éxito, por razones precisas de adecuación a un tiempo y a un contexto social determinado. Ahora, casi dos décadas después, ¿dónde fue a parar la magia de aquellos días? ¿Dónde la credibilidad, la evolución aperturista? Parece como si todas las flores se hubieran marchitado (Pete Seeger). 

Hay cambios en Silvio Rodríguez, desde luego, pero uno se pregunta en qué dirección. Introducido en escena por un sexteto practicante del más híbrido e impersonal sonido que nos sea dado escuchar hoy (un trasnochado jazz-rock de ínfulas sinfónicas), soporte musical que no habrá de abandonarle sino en aliviadoras y contadas ocasiones, el farragoso y extenso recital de Silvio (tres horas) solamente revivió su capacidad para la comunicación intimista y emotiva en muy pocas ocasiones. 


Es tan abrumadora la diferencia existente entre las canciones «acústicas» del poeta de La Habana, y las numéricamente mayoritarias marcadas por el arreglo ampuloso y enfático, que es difícil entender esta transición hacia una supuesta comercialidad del inteligente y sensitivo autor de canciones como Rabo de nube, Sólo el amor, El mayor y tantas otras sucesoras del arte de Jose Martí. Quedan, desde luego, aspectos de la obra de Silvio perfectamente válidos y vigentes, siempre que se ofrezcan inteligiblemente: una caudalosa y rica literatura, una compleja variedad temática (la vida y, sobre todo, la muerte; el amor, la solidaridad, la fantasía; el símbolo, la utopía y la parábola). Y permanece una voz hiper-aguda, a veces temblorosa, siempre personal; y una guitarra no electrificada, usada con cuentagotas, incluso con tendencia a alguna anecdótica desafinación. 

Pero esas virtudes máximas de otro tiempo quedan ahora enterradas bajo la parafernalia orquestal de dos atosigantes baterías, melifluos teclados y puntuales aportaciones de guitarras eléctricas. Todo lo cual impidió, a su vez, escuchar con nitidez y claridad la voz del cantante, debido a una deficiente ecualización. Por lo demás, Silvio sigue fiel a Fidel y su anquilosada Revolución. En esto no han pasado los años. Lo extraño, pues, es que haya adoptado formas musicales procedentes del corrupto mundo occidental. Sólo que en Occidente ya no se llevan.

28 marzo 2018

Me he apuntado a clases de guitarra flamenca

El guitarrista inglés-belga Philipe Catherine, considerado en la escena jazzística contemporánea corno uno de sus intérpretes más líricos y personales, actúo ayer en los encuentros «a la luz de la guitarra» de Córdoba, no defraudando a los que esperaban expectantes su actuación. Su itinerario empieza ya en el descubrimiento de la música y de la improvisación, concretamente, a través de Georges Brassens: «la primera guitarra que me compré fue para tocar las canciones de Brassens. Y tendría 12 o 13 años cuando mi profesor en una clase hizo un solo, con improvisaciones, algo que yo no había visto nunca. Miré, observé y en casa intenté hacer lo mismo».

Después vino el guitarrista gitano-belga Django Reinhardt y poco a poco fue escuchando otros nombres, como los de Clifford Brown, Charlie Parker o Errol Garner, dejándose conquistar, por vía familiar, por Bach, Tchaikovsky y la música rusa. Amén de haber sido calificado cono el «joven Django» en una célebre ocasión por Charles Mingus, Philip Catherine puede ser considerado como el guitarrista más personal de esta escuela: «Adoro a D. Reinhardt, nunca me aburro de escucharlo. 

Yo toco en su estilo, pero no su música. Acaso sea porque después de Django he escuchado todo tipo de instrumentos». De esta sentida y enamorada herencia musical llega a destacar dos aspectos: «La capacidad de flotar y la puesta en su sitio de la parte rítmica. Cuando uno lo escucha tiene la impresión de estar perdido en algunos pasajes, para luego, de pronto, caer a algo muy concreto, en un ajuste rítmico de gran precisión. Y no hay que olvidar tampoco que era un buen acompañante».


Los caminos musicales por donde este guitarrista ha transitado están llenos de variedad, de un eclecticismo que va desde sus comienzos con Lou Bennett a Stéphane Grappelli, desde Jean-Luc Ponty y Focus a Larry Coryell, Charles Mingus o Chet Baker, gracias en parte a la posibilidad de relación y diálogo que la guitarra sabe establecer. Dentro de las distintas formaciones que ha cultivado, algunas han pasado a la historia de la guitarra, como sus duos con Larry Coryell en el 75/76». Catherine, como buen partidario del jazz lírico, pero no exento de intensidad rítmica, ha venido practicando cada vez más un jazz de cámara: «Es en los grupos pequeños donde mejor se puede dar una buena interacción. 

También depende de los músicos, de la suerte que te haya tocado, como por ejemplo, hacerlo con el trompetista Chet Baker -y compruebo que se le pone la piel de gallina al recordarlo-: hacíamos una música frágil pero potente a la vez, para cientos de personas». Parte de su actividad como músico lo constituye la enseñanza, los cursos de guitarra de jazz, como el que está impartiendo en Córdoba en este Festival Guitarra-91: «La armonía, la sofisticación existe en los libros; lo que yo intento aportar es lo que no se encuentra, por ejemplo el ritmo».

22 marzo 2018

El baile de la butaca

Con todo el halo de un héroe pop de la última década llegó Joe Jackson a Madrid. Joe Jackson pertenece al patrimonio musical de una generación, la que vivió de cerca la explosión de la nueva ola británica. La noche comenzó con la mitad de Hue and cry. Pat Kane, el cantante, no llegó a tiempo al concierto. Las canciones fueron cantadas por su hermano. Pero como si tal cosa porque su actuación fue, por desgracia, ambiente para que el público localizase sus asientos. 

Ellos hacen música escocesa, esa que tiene raíz europea y reflejo americano. Presentaron las canciones de su nuevo álbum a media voz. Toda una sorpresa ni prevista ni deseada que, teniendo en cuenta lo poco conocidos que son por aquí, no paso inadvertida por el respetable.


Luego Jackson tomó el escenario ayudado por sus músicos. Entraron lentamente, con parsimonia. Primero la estrella y después, uno a uno el resto de la banda. En los primeros momentos hicieron canciones de antes, como Right and wrong. A continuación un bloque central con los temas de su último álbum. 

El que descaradamente recordó que está ya disponible en las tiendas. El concierto de Joe Jackson es directo. De esos en los que se recrean las canciones, en los que se juega con la improvisación. Sólo los temas más recientes sonaron cercanos al disco. 

El grupo está cohesionado, con la placidez de un local generoso acústicamente, donde se perciben con fuerza matices y detalles. El público se movía sujeto a las butacas en un desconocido por aquí concierto de pop con asientos. En la recta final con la versión del Oh well de Peter Green, su último éxito Stranger than fiction y la legendaria Im the man , se rompió la disciplina que imponía eI local y la gente las disfrutó bailando. De pie, por supuesto.

13 junio 2017

Jake Bugg nunca sonríe

Cogió por primera vez una guitarra a los 12 años, empezó a componer a los 14 y a los 18 ha dado la campanada fin de año con un fulgurante número uno en el Reino Unido, coronado como el imberbe príncipe del nuevo folk, con el permiso de sus majestades Mumford & Sons.

¿De dónde ha salido Jake Bugg? ¿Cómo ha pasado de cantar en los decrépitos pubs de Nottingham a convertirse en la gran revelación del año con su primer álbum? ¿Exageran quienes hablan de él como el «nuevo Dylan»? ¿Qué ha hecho realmente para merecer esto? ¿Quién es su padrino?

El propio Bugg, a cuestas con su guitarra acústica y con ese aspecto inconfundiblemente british (deudor de los Stone Roses, de los que fue telonero), tiene que frotarse aún los ojos todos los días para explicar lo ocurrido… «Todo ha sido tan rápido. Siempre creí qu e para alcanzar tus sueños tienes que dejar atrás las calles en las que creciste. Pero no imaginé que iba a ocurrir así, de un día para otro».

En Lightning Bolt, el tema que abre el álbum titulado simplemente Jake Bugg, el joven cantautor habla precisamente de ese rayo repentino que golpea cuando menos lo esperas. En Troubled Times confiesa sin reparos que la única cosa que reluce en su ciudad es «el pensamiento de salir de allí cuanto antes»…

Y sin embargo Jake Bugg se siente ya eterno deudor de Nottingham, que nunca tuvo un trovador a la altura de este chaval vestido de negro, fumador impenitente y con el gesto cetrino, que asegura que lo suyo son los años 60 y que ha nacido en este siglo por puro accidente.

Su infancia en el mayor barrio de viviendas públicas de Inglaterra fue de las que marcan. Su padre es enfermero y su madre, una vendedora a domicilio. Para llegar a fin de mes tuvieron que tirar ocasionalmente de los «beneficios sociales». Los recortes y la austeridad han coincidido sin embargo con el éxito nada premeditado del hijo, que nunca le estará lo suficientemente agradecido a su tío por haberle regalado la guitarra acústica y haberle enseñado los acordes básicos.

A los 14 años empezó a componer ya sus primeros temas, y poco a poco empezó a descollar en las actuaciones del colegio. «Tienes que presentarte a un concurso de talentos en la tele», le decían entonces. «Pero nunca lo hice porque no me parece algo genuino ni natural, por más que sea la norma en estos tiempos», reconoce el propio Jake Bugg en The Guardian.

Su tío le regaló también los discos de los Beatles, de Bob Dylan y de Jimi Hendrix que le fueron inspirando. Ya a los 16 años decidió probar suerte descargando un par de canciones para Introducing, el programa de la BBC dedicado a los nuevos artistas. A las pocas semanas recibió una invitación para tocar en Glastonbury. El resto es ya historia.

Hoy por hoy, cualquier nuevo artista con ínfulas se ve obligado a dar la nota con un single. Hasta en eso Jake Bugg tiene un regusto «antiguo». Pese a la lluvia de temas sueltos que entraron en Top 100 (Country Song, Taste It, Two Fingers), su éxito se ha consolidado gracias al contrato para el álbum firmado con Mercury, que le ha tendido la alfombra roja como a las viejas estrellas.

«El momento de la firma fue un poco surrealista», reconoce Bugg. «Había discos de oro colgados por las paredes, y por todas las partes corría el champagne. Parecían muy entusiasmados y me dijeron que si podía venir a Londres a firmar el contrato. A mí eso me pareció muy cool», reconoce el artista.

Jake Bugg vende cara su sonrisa. En eso, y en su voz nasal, estriban las comparaciones con Bob Dylan. Aunque su auténtico ídolo, reconoce, es DonMcLean. El primer CD que se compró de su propio bolsillo fue American Pie, y la canción que le sigue provocando escalofríos es Vincent. Aunque ya puestos, el chaval rinde pleitesía a Smells like a Teen Spirit (lo más cercano a una canción perfecta) y a casi todo lo de los White Stripes.

Ya no se escriben canciones como las de antes. Esto no lo dice Jake Bugg, pero lo insinúa… «Hay algo sobre la estructura y la melodía, sobre cómo se acoplan música y letra, que sin duda se ha perdido. Yo aprendí a componer con la vieja escuela, empezando siempre por la letra. Hay días en que sale muy fácil y otros en que mejor no lo intento, porque es extremadamente duro».

Otro de los puntos fuertes de Jake Bugg es el poder de su directo, insertado con frecuencia en sus vídeos, que tienen también un giro social a tono con sus letras inspiradas en los claroscuros de Nottingham. Por primera vez salió de su país este año, presto a hacer su debut en las Américas. El cantante de soul Michael Kiwanuka le invitó a hacer de telonero en su gira por Europa, como antesala de su propio tour que arranca el próximo 9 de enero en Holanda: «Creo que he superado con creces el rodaje: estoy por fin listo para cantar ante grandes audiencias».

Pocas artes tan precoces como la música. Con apenas 18 años, Bob Dylan se zambulló en el riquísimo legado de la tradición norteamericana. A los 21 firmó su debut homónimo, una obra en la que se acercaba con un talento único a los clásicos del folk. La Historia está llena de ejemplos de retoños que se hicieron pronto un nombre en la música. Ahí está Britney Spears, que cuando todavía era menor de edad, a punto de cumplir los 17, publicó el single '... Baby one more time', un éxito pop mundial, que jugaba con metáforas sexuales y que llenó las pistas de las discotecas de medio mundo. Uno de los más recientes colapsos en el pop británico estuvo protagonizado por unos chavales imberbes y esmirriados. 

Arctic Monkeys se coló en el número uno con I bet you look good on the dance floor, un enérgico ejercicio rockero que conquistó a la juventud en 2005. Su líder, el muy talentoso Alex Turner, tenía 19 años. Más joven era Justin Bieber cuando irrumpió en el universo del pop comercial con My world 2.0: sólo tenía 16 años. También en España se han dado casos de talentos jovencísimos. Cuando formó Kaka de Luxe, Alaska tenía 14 añitos. Una locura, pero no tanto si se compara con la cantante de Candela Y Los Supremos, un grupo de Madrid actual, cuya cantante tiene ¡siete años!.

06 junio 2017

Las puticrías obsesionadas con Justin Bieber

El año no ha comenzado con buen pie para los vilipendiados cazadores de celebrities. Uno de ellos, un paparazzo aficionado de Nuevo México, falleció el martes en su intento de persecución de Justin Bieber, o, al menos, de su Ferrari blanco. Chris Guerra, como ha sido identificado por la web TMZ, fue atropellado al cruzar una calle tras haber fotografiado al que creía era el cantante canadiense. Al final, se confirmó que Bieber ni siquiera estaba en el vehículo, que conducía un amigo suyo.

Según el relato del sargento de la policía de Los Ángeles, Rudy López, el hombre al volante del deportivo recibió el alto de una patrulla policial tras haberse saltado un señal de Stop. Fue un momento que aprovechó el fotógrafo para cruzar la calle y tomar fotos de una escena que podría haber valido millones para las revistas del corazón.

La policía le pidió en reiteradas ocasiones que volviera a su coche y al cruzar la calle una mujer lo atropelló con su vehículo. Poco tiempo más tarde, el fotógrafo fue declarado muerto en el hospital Ronald Reagan UCLA. Por suerte para la conductora implicada en el suceso de forma accidental, no se presentarán cargos contra ella. La señora explicó que había salido a comprar leche con sus dos nietos.

Bieber, por su parte, no tardó en reaccionar a la noticia. «Aunque no estaba presente ni directamente involucrado en este trágico accidente, mis pensamientos y mis oraciones están con la familia de la víctima», dijo el cantante de 18 años a través de un comunicado. «Confío en que esta tragedia desemboque en la legislación apropiada y en los pasos que sean necesarios para proteger las vidas y la seguridad de los famosos, los oficiales de policía y de los propios fotógrafos».

La advertencia no es la primera por parte de la rutilante estrella del pop. El pasado mes de julio, otro incidente similar afectó al cantante canadiense, el segundo mayor fenómeno de masas en Twitter tras la omnipresente Lady Gaga.

Esta vez el de Ontario sí iba al volante de su deportivo blanco, circulando de forma agresiva por la autopista que conecta Hollywood con el centro de Los Ángeles y seguido por varios coches con paparazzi dentro.

La casualidad quiso que se cruzara con el coche de un concejal de Los Ángeles, Dennis Zine. De acuerdo a su versión, Bieber debió haber sido arrestado ese día de verano por su forma temeraria de conducir por las calles de la ciudad a bordo de su ostentoso vehículo.

«Venía por detrás de mi, realizando abruptos cambios de carril, sin señalizar y cruzándose delante de otros coches. Según lo estaba viendo, estaba anticipando un accidente», explicó Zine a la cadena ABC. «Fue un caos, demostrando una total desconsideración con el resto de los conductores».

Bieber ya es célebre entre los paparazzi por su forma de conducir, que podría tener mucho que ver con el hecho de que esas persecuciones se han convertido en una constante en Los Ángeles. Tanto que una ley estuvo a punto de ser aprobada tras el caso de Paul Raef, un fotógrafo que recibió una cuantiosa multa de tráfico por exceso de velocidad en su intento de alcanzar al intérprete de Believe.

Sin embargo, un juez californiano la declaró anticonstitucional por violar los derechos de otros fotógrafos que indirectamente trabajen con famosos. Aún gozarán de libertad para seguir protagonizando sus ruidosas cacerías.

Además de las constantes persecuciones de fotógrafos, Bieber también ha sido víctima de otra clase de acoso. Hace solo unas semanas, la policía arrestó al joven de 12 años que había estado denunciando robos falsos en casa del cantante, lo que solo en desplazamientos de agentes hasta la escena del supuesto crimen supuso un gasto de varios miles de dólares. Además de Bieber, el joven detenido denunció escenas ficticias con Ashton Kutcher y otros famosos como protagonistas. También le han salido supuestos hijos al canadiense con seguidoras que terminaron por admitir su mentira.
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