16 diciembre 2014

Desconfiad de la gramática

En septiembre de 1913, con 24 años, Wittgenstein tenía bien clara ya su línea de pensamiento: «Desconfianza de la gramática es la primera condición para filosofar». Y ese fue su modo de trabajo intelectual siempre: análisis y crítica, o purificación y limpieza, del lenguaje, porque en él, en sus grandes palabras e historias, vacías y sin sentido la mayoría, (todas las grandes cuestiones humanas que mixtificaron nuestra historia) reside lo que entendemos por «problemas» filosóficos. 

Es decir, no hay problemas filosóficos sino usos indebidos del lenguaje o rompecabezas lingüísticos que hay que resolver (disolver). Wittgenstein muestra esto, primero, en los años diez del siglo, buscando un lenguaje ideal tras el cotidiano, que sea su auténtica esencia o esqueleto lógico y que se corresponda perfectamente (lógicamente) con el mundo y sus hechos: es el lenguaje de la ciencia, el único que en puridad se puede hablar. 

En él no hay sinsentidos ni ambigüedades, pero se pueden decir muy pocas cosas y, desde luego, ninguna de las que interesa de verdad al hombre: las que tienen que ver con su vida y con su muerte. De modo que todas las proposiciones con sentido valen lo mismo, o no tienen valor alguno, porque el valor (algo místico: ético, estético o religioso: la bondad, la belleza y la verdad de siempre) está fuera del ámbito que domina la racionalidad y el lenguaje. 

El valor reside en el ámbito del silencio, que es el del sentimiento o intuición eterna de las cosas. En mostrar el absurdo de querer hablar de lo que no se puede (ni debe, por tanto), principio que conculcó siempre la filosofía tradicional o metafísica, consiste el papel de la nueva filosofía, que con Wittgenstein definitivamente dio el llamado «giro lingüístico» y se definió por él. Se trata de un proceso a la gramática como el que Kant hizo en la modernidad a la razón.

En los años treinta y cuarenta, con los mismos ideales críticos del lenguaje, Wittgenstein hizo otra cosa. Trató como antes de analizar y purificar el lenguaje, pero sin considerar ya que haya nada «oculto» en él a descubrir: un esqueleto lógico ideal como el que perseguía antes. Ahora se trata de contentarse con lo que hay: el lenguaje normal de la vida corriente. Y la labor filosófica consiste nada más en ver cómo funciona en los diferentes contextos o juegos en que se usan las palabras. Ese uso constituye el significado de las palabras y no una supuesta realidad interna o externa, ya constituida de antemano por el propio lenguaje que uno aprende casi reflejamente en las formas prácticas de la vida diaria. 

En desarrollar técnicas de un uso correcto de las proposiciones lingüísticas y por los simples medios del sentido común, no por los sofisticados de la lógica formal, ni por los viciados del clásico profesional de la filosofía, mostrando con ello como antes los usos absurdos del lenguaje, consiste la actividad filosófica ahora. Pero, tanto en un caso como en otro, no hay salida de ese ejercicio crítico inacabable del lenguaje. No hay solución de las cuestiones, sino más bien disolución progresiva de ellas en un vacío cada vez más agrandado y sin fondo (fundamento). El jugar interminable con el lenguaje. ¿La filosofía es el juego de los juegos, un superlenguaje administrador de los diferentes lenguajes? Y ¿de dónde la atribución de ese papel policial y censor de la filosofía?... Cualquier pregunta no tiene una respuesta sino muchas, innumerables. 

Y cualquier respuesta no parece sino una interminable pregunta, o cadena de preguntas, en busca de un «óptimum» ideal siempre inalcanzado: otro modo de preguntar, otra lógica del discurso, otra sintaxis filosófica. Aunque de manera nueva y con otro estilo (y en eso consiste la mayor genialidad alcanzable), se trata del mismo juego de siempre de la razón a desplegar en formas varias e infinitas el fondo único ignorado, oscuro, ulterior siempre a ese despliegue eterno del carnaval de sus máscaras. El círculo de siempre de la razón y sus fenomenologías, sus monstruos. No salimos hoy del mosquitero del lenguaje, como los modernos no salieron del yo. Unicamente queda el entender la praxis filosófica como aquella permanente búsqueda socrática de la verdad en la que consiste la verdad misma, siempre inalcanzable. 

La filosofía nunca fue teoría alguna para Wittgenstein o simple profesionalismo aséptico del pensar, sino praxis, actividad (analítico-crítica del lenguaje), asunto de carácter, de modo de vida y de honestidad ética. Con la filosofía Wittgenstein trascendió la teoría en el viejo modelo griego de «vida teórica», coherente e íntima al pensar. Sólo esta disolución en la vida misma consigue romper el encierro de la autoconciencia. Porque de otro modo el círculo del lenguaje parece irremisible hoy como figura actualizada del viejo círculo de la razón.

El famoso giro lingüístico es, así, una nueva rodada del círculo de encierro de la razón humana, una nueva modalidad de reflexión, del «camino hacia sí mismo» del pensar, según lo entendía ya Aristóteles. Pero también una nueva toma de conciencia original y radical de ello. Desde Wittgenstein está claro que jamás encontraremos otros criterios de verdad y de racionalidad que aquéllos que pertenecen a nuestro lenguaje. Esta consciencia desencantada, despiadada quizá, pero realista y liberadora, fue lo que puso de relieve de una vez por todas tanto el análisis lógico del Tractatus, como el empírico, diríamos, en el que aquél derivó en las Investigaciones filosóficas, sus dos obras fundamentales. 

En una conciencia grave, veraz y asumida de aquel giro lingüístico, que más bien se revela como círculo de encierro, pues, consiste el «estilo» de pensar que Wittgenstein legó al siglo XX. La profesionalidad filosófica asumida es cuestión de «estilo» o de «coraje», como dice él mismo. Y esto también es lo radical de un pensador radical como el vienés: el estilo grave -trágico y sereno a la vez- de perseguir y asumir la claridad de la inteligencia, la nueva conciencia y experiencia de la caverna.

La hidalguía de espíritu de saber convivir decorosamente, como Kafka, con el formidable fantasma de la falta de salida y de la desesperación. La «claridad» wittgensteiniana es eso: conciencia extrema de encierro y desesperanza. Y remito en esto a Kafka porque este estilo radical de autenticidad, la seguridad de saber dónde está lo puro en cada caso, la obsesión por ello y el pánico a perderlo, es algo definitorio de la modernidad vienesa y pertenece a todos los grandes de esa generación grande «fin de siècle», agrupada sobre todo en Viena, pero también en torno al eje, que desde Viena a Berlín pasaba por Praga. 

Era una cuestión de estilo, en verdad, esta dignidad de espíritu que Wittgenstein traslada a la profesionalidad filosófica: ese cuidado neurótico por la pureza, ese distanciamiento de lo inauténtico, que en él no sólo adquieren caracteres lógicos siempre en su análisis filosófico del lenguaje, sino, además y sobre todo, caracteres éticos, místicos, en su disposición general frente al intelecto y la vida. «Claridad», «autenticidad» y «pureza»... «encierro» y «desesperanza»... son las categorías de ese «estilo», cuya cuestión fue una inquietud primordial de estos vieneses y de su mundo, teñido de una queda aristocracia, sublime casi en su estoica, impávida decadencia. 

Sin ello no se comprende nada del vienés y toda la interpretación -no digamos ya la imitación- de este autor resulta una mueca horrible. Gran parte de la intelectualidad del siglo -no digamos ya la imitación- de este autor resulta una mueca horrible. Gran parte de la intelectualidad del siglo ha aprendido bien esta lección. De manera que puede decirse, de hecho y de derecho, sin excesivo hagiografismo, como de otros dos o tres autores más, que, de algún modo, «a fines del siglo XX ser filósofo y ser wittgensteiniano es lo mismo».

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