Arco puede ser cualquier cosa menos una galeria de arte

Cuando los historiadores venideros analicen los epígonos del siglo XX, utilizarán probablemente España como paradigma de un estado de las cosas. Los rasgos definitorios de estos años se dan en este país nuestro de un modo extremado, y me refiero al vértigio imparable por cambios, las mutaciones constantes, las efímeras pasiones, y esas carreras alocadas hacia otra parte. En el microclima español la velocidad característica de los tiempos alcanza sin duda sus cotas más altas. 

Nada es hoy como fue: en la Castellana florecieron en dos años cien mil chiringuitos que cerrarán posiblemente el próximo verano por falta de una clientela que ahora de repente ama los lugares cerrados; en dos años alcanzan los Albertos la cima del poder social y caen en pocos meses por un par de faldas, en el barro; en dos años el arte pasó de ser un gusto minoritario a una obligación social de masas. Y a esto me refería, al arte y a los problemas que crea una feria en la población que se ve obligada a gustar de ella y entenderla.

Entre discusiones con los camareros del restuarante y amargas quejas al menú, el galerista napolitano Lucio Amelio afirma que él no sabe de arte: «todo lo que conocía lo he olvidado hace tiempo, hoy sólo sé de pasión, de placer, sol, historia y belleza, y estos son los parámetros que uso para valorar a los artistas». El público de ARCO teme reconocer que entiende poco y sufre intentando comprender lo incomprensible, digerir los platos más indigestos en vez de campear por sus respetos y disfrutar de aquellas facetas que les resulten afines. 

En este duro afán se dan situaciones pintorescas como la del joven poeta Ullaolo que se extasia ante una rotunda gorda de Botero en Marlborough y pontifica: «¡Qué excelente Gordillo!»; o la del caballero que al ver como en el stand de Leo Castelli una multitud se apiñaba ante el famoso galerista, le comentaba sesudo a su hijo: «éste es el artista que ha pintado todas esta obras tan buenas y tan diferentes»; o la señora que felicita a las galeristas de la fotógrafa Oukalele porque son los únicos cuadros bien pintados de la feria «lo hace tan realista y tan bien que ni se notan las pinceladas»; o el caso peculiar de la revista El canto de la tripulación, la más vendida de la feria por las dos gemelas bellísimas y mulatas que se encargan del puesto. ARCO es un desbarajuste, en medio de la euforia y de la gente, los galeristas están desconcertados. No aparecen los compradores habituales y si lo hacen huyen ante el arrollador paso de los tiempos. 

Como relevo han desembarcado una serie de gentes que nada compran y van allí a pasar el obligado rato y, por otra parte, es la hora de los especuladores. Durante muchos años hemos estado quejándonos de la falta de compradores internacionales. Este año proliferan tanto que seguimos quejándonos. ARCO de sopetón se convierte en un mercado interno de profesionales, la mayor parte de las obras va a parar a galerías vecinas de stand o marchantes internacionales lo que supone que en la próxima feria las encontraremos con diferentes patrocinadores y el precio doblado.

Y vuelvo al desolado comprador habitual que se encuentra con que su tradicionalmente alabado buen gusto es este año despreciado, esta bien visto comprar un Sol Lewitt o un McCollum, aunque resulten duros y caros de colocar en casa, y por el contarlo resulta completamente «démodé» comprar o elogiar un magnifico cuadro de Carlos Franco, quien sin saber bien por qué y a tan temprana edad ha pasado a formar parte de la prehistoria. No se lleva esa pintura, todo es muy raro. 

Como es muy raro que un Kounellis duplique en 6 meses su precio (ahora la Flor negra cuesta 21 millones), que un conmovedor mini collage de Schwiters cueste 19.500.000 o que ningún estudiante de arte se atreva a mirar en Issy Brachot la Primavera de Magritte (78 millones) porque no está al uso. La feria esta acabando y el volumen de cifras no admite crítica, todos querrán volver pero casi todos se sienten, aunque opulentos, algo defraudados. El arte no es lo que era, un modo de vida, una pasión. 

Mucho se habla de la excelente calidad de los artistas españoles, pero pocas galerías arriesgan por lanzar un nombre, la mayoría de las galerías de prestigio traen artistas extranjeros, los compradores son extranjeros y las obras vendidas por los extranjeros suelen ser también foráneas. Es ridículo y estéril crear fronteras pero al hacer el resumen de valor tendremos también que preguntarnos donde van todas esas cacareadas cifras y si no vendrá a ocurrir que sean nuestros artistas y nuestro patrimonio cultural (deseables protagonistas del mercado) quienes de nuevo se queden «in albis».

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