16 julio 2014

Un buen plato de halibut

Por poco que se piense, que se mire hacia atrás, sin embargo, comienzan a surgir imágenes precisas, contundentes que se resisten a desaparecer, una frase oída por casualidad, una mirada y por qué no el sabor sorprendente de un plato de halibut, pescado del que no se esperaba nada extraordinario. 

Edimburgo tiene el tamaño perfecto para organizar un festival de esta categoría. Si tuviera más del medio millón de habitantes que tiene, el ambiente se diluiría, la gente terminaría perdiéndose. Tampoco podría ser más reducida, ¿dónde se podrían encontrar los cientos de locales improvisados y la maquinaria para representar cerca de 600 espectáculos? El secreto del éxito del festival es precisamente eso, tener las condiciones naturales apropiadas para que se desarrolle. 

Al final dan igual las subvenciones, el apoyo de los organismos oficiales y toda la parafernalia que acompañan este tipo de eventos, lo importante es que la gente, tanto el público como los participantes, están convencidos de que Edimburgo responde. Debe ser uno de los pocos festivales en que se pueden mandar tres críticos desde un mismo periódico y sin proponérselo de antemano vean y escojan programas totalmente diferentes. No es raro que alguno de ellos se pierda las obras premiadas por muy atento que haya estado.

Para Jean, que trabaja en la oficina del Festival Oficial, la imagen que tiene grabada de todo certamen es la escena final de la producción del Teatro Nacional de Craiova de Ubu rex, Papá Ubu y Mamá Ubu, metidos en sarcófagos, resucitando al ritmo de una música machachona y repetitiva. El crítico de un periódico local, en cambio, se quedó impresionado con la reacción del público (mayoritariamente judío) viendo a Bruce Myers en la obra clásica yidish Dybuk. 

La emoción que sentían justificaba por sí sola la representación. Muchos en cambio recordarán escenas en la calle, sobre todo los maravillosos gaiteros ambulantes que tocan por Princess Street, por si se habían olvidado que estaban en Escocia. Aparte del kiet (la falda) y la gaita, lo demás suele ser una sorpresa. Hay anécdotas divertidas, ver a Alicia Alonso, directora del Ballet de Cuba vendiendo sus propios productos de belleza puede ser una o presenciar cómo la perra del director de cine Frank Clark (según él lesbiana y marxista) le quitó descaradamente protagonismo a su dueño durante una rueda de prensa. 

En todos los festivales hay peleas memorables y éste no se quedó corto. La más sonada fue la que desencadenó Frank Dunlop, director saliente del Festival Oficial contra el Fringe. Se formaron bandos opuestos y como siempre no hubo vencedores .ni vencidos. Otro director que se despedía con gritos fue David Robinson, encargado durante estos tres últimos años del festival de cine. Ante las quejas por un problema técnico del director Lindsay Anderson, Robinson aprovechó para soltar en público todo lo que pensaba sobre «su buen amigo el cineasta».

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