09 julio 2014

Rodeados de lujo, agua y sol

Ni Colón llegó el primero, ni tampoco Juan Guerra. Mucho antes de que el hermanísimo pusiera sus ojos sobre Zahara de los Atunes, los colonos alemanes ya habían tomado posiciones. 

Y lo hicieron con germana discreción, allá donde se pierde la bahía, en las faldas de una montaña rocosa que rompe suavemente en un mar azul turquesa. Pudo llamarse Edén, pero se llamó Atlanterra. Sobre la playa de Los Alemanes fueron surgiendo mansiones imposibles de cal y piedra, camufladas tras una cortina de jara y vegetación espesa. 

Gota a gota, la urbanización desparramó sus casas hasta la mismísima orilla, ante los ojos atónitos de los bañistas solitarios que tostaban sus cuerpos desnudos en aquellas calas perdidas. Corría el año 1983 cuando un arquitecto alemán decidió pintar las paredes del paraíso. Se llamaba Rotter, amaba aquellas tierras y quiso rendir tributo a su alma blanca y serena. Así nació el hotel Atlanterra, un hermoso capricho andaluz, aderezado con finas especias árabes: columnas de alabastro, brillantes damasquinados, lámparas de las mil y una noches, vajillas de Baviera... 

Durante tres largos años, el Atlanterra se convirtió en un suntuoso reducto palaciego, sólo apto para acaudalados extranjeros. En 1986, tras engrosar la lista de la cadena Sol, el hotel puso pies en tierra; sin perder la compostura, pero abriendo sus puertas al turismo de cuatro estrellas.

Nada más franquear la entrada, el recién llegado se olvida para siempre de las maletas; los ojos se prenden como imanes a los arcos del patio Al Andalus, con sus columnas de mármol, su fuente andaluza y sus vistosos azulejos. 

Camino de la habitación, los pies se detienen en la puerta del sugerente bar Tánger, decorado con teteras gigantes, jarapas y faroles traídos desde el norte de Africa. Al final del pasillo encerado, dejando atrás la discoteca y los tres restaurantes, se llega a la piscinaoasis, rodeada por seis patios andaluces (seis preciosas fuentes, seis frondosos bosques de adelfas y naranjos). Todo un regalo para la vista, el olfato y los oídos. Hasta la ventana de la habitación llega el canto insistente de las cigarras y el rumor del agua. A cien escasos metros rompen las olas... 

Mirando hacia poniente, la bahía de la Plata: arena fina, mar intenso, el esqueleto de hormigón armado de un hotel que nunca llegó a ser tal, las casitas bajas de Zahara, la mancha blanca de Barbate, el faro de Trafalgar. Hacia levante, el Levante (con mayúsculas), ese viento cálido y traicionero que debilita el corazón y contamina el alma. Para combatirlo se han inventado las canastas, unas conchas de mimbre que envuelven al bañista como si fuera un caracol de arena. Por playas que no quede. 

Hacia el sur, más allá del faro Camarinal, se suceden pequeñas calas que rompen en la inmensa playa de Bolonia, con sus ruinas romanas y sus dunas salpicadas de nudistas. Hasta allí se puede llegar desde el mismo hotel en una inolvidable excursión a caballo. Lo dicho: una auténtica pechá de agua y sol, como suelen decir por estas tierras. 

Aunque si no le priva la playa, aún queda mucho hotel por descubrir. Desde el ajedrez gigante al tiro con arco, pasando por el mini golf, las pistas de tenis, el mini club para los más pequeños, los juegos de animación... Tras contemplar extasiado la puesta de sol a pie de playa, merece la pena recorrer los dos kilómetros hasta Zahara de los Atunes, que conserva ese encanto de los pequeños pueblos (vivir del turista, que no para el turista). 

Pregunte allí por la marisquería Porfirio, en la plaza de Tamarón; por no más de 2.000 pesetas podrá darse una hartá de marisco y pescado: del bogavante a la dorada, de la langosta al atún fresco. Ya de vuelta en el hotel, con la caricia fresca y húmeda del relente, no le costará comprender por qué decidieron alojarse aquí Isabel Pantoja y Arturo Fernández durante el rodaje de El día que yo nací. Cuando despierte al día siguiente (si es que logra vencer la flohera matinal), se sentirá como recién parlo.

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