29 enero 2014

En Alemania también hay playa

Cuentan que fue mojarse los dedos del pie y soltar un aullido de espanto. El duque Federico Francisco I de Mecklenburg se había propuesto algo insólito en 1793: zambullirse en las aguas del Báltico y probar sus propiedades terapéuticas. Pero el mar, definitivamente, resultaba demasiado frío. Por eso mandó construir una suerte de casa de baños donde colmarse de este bálsamo salado, sí, pero en su versión calentita, tal y como lo idearon los griegos de la Antigüedad. Y así nació el primer balneario costero de la Europa continental.

Sorprende que sea Alemania, tan alejada del carácter tropical, la pionera de tan exótica costumbre. Y sin embargo, no hay nada como recorrer su costa para derribar este tópico. La faceta más desconocida del país teutón esconde arenas finas y aguas cristalinas, románticas bahías donde ver caer el sol e islas que son un primor para los deportes náuticos. Replicando aquella famosa canción, aunque no lo crea, «aquí sí hay playa». Y de la buena.

Nos centramos en la región de Mecklenburg y Pomerania Occidental, con sus casi dos mil kilómetros de litoral entre Hamburgo y Berlín, rozando ya con Polonia. Aquí, decíamos, empezó todo. Los hoteles, los parques, los paseos marítimos. Los restaurantes, los salones, las nuevas y elegantes villas que dieron al traste en poco tiempo con su humilde condición pesquera. Tanto que, con la fundación del Reich en 1871, llegó el esplendor del veraneo para las clases más altas.

Estas relucientes ciudades-balneario, perfumadas con la brisa marina y abiertas al horizonte, contrastaban con la seriedad de aquel Berlín prusiano de edificios altos y callejones oscuros. Aquí todo era desenfadado y lúdico, variopinto y divertido, lo cual dio lugar a un revoltijo de estilos que es único en todo el mundo. Se trata de la Bäderarchitektur o arquitectura balnearia, plagada de elementos decorativos y abierta a todas las influencias: desde unas columnas pseudogriegas hasta un toque neobarroco barrigudo, pasando por una balaustrada rococó o una florida galería modernista. Un circo arquitectónico que se complementaba con otro elemento irrenunciable en el paisaje del Báltico: los muelles o pasarelas, antaño puntos de atraque para los barcos de excursión y hoy elegantes paseos sobre el agitado océano.

Kühlungsborn, una de las villas más hermosas, reúne todos estos rasgos, en un pulso entre la nostalgia del pasado y el bienestar de los tiempos que corren. Así se aprecia en su paseo marítimo de seis kilómetros -el más largo de Alemania-, flanqueado por suntuosas casas encajadas entre el bosque y el mar. Pero Kühlungsborn, que tiene dos centros -uno al Este y otro al Oeste-, también guarda huellas de otros tiempos con menos pompa, como los que correspondieron a la RDA, a la que perteneció toda la región. En la Torre de Vigilancia, erigida en 1963 para evitar la fuga por el mar, se muestra el testimonio de un joven que nadó durante 25 horas por el Báltico para cruzar al otro lado de Alemania.

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