18 septiembre 2012

El error más grande de los aliados durante la guerra

Fue el error más grave de los aliados en toda la guerra. Probablemente nunca se sabrá si el responsable fue el general Buster C. Glosson, el hombre que desde una pequeña oficina secreta en los sótanos del cuartel general de la Fuerza Aérea saudí seleccionaba los blancos, o alguien situado todavía más arriba en la escala de mando. Sea como fuere, a principios de febrero se decidió bombardear el búnker de Al Ameria. El refugio, similar a muchos otros desperdigados por diversos barrios de Bagdad, no figuraba en la lista de objetivos militares. Había sido construido en 1984, en plena guerra contra Irán, y estaba destinado a los vecinos del barrio. A diferencia de muchos otros edificios de Bagdad, catalogados como «civiles» por las autoridades iraquíes, el búnker, una mole cuadrada de cemento de diez metros de alto y cincuenta de largo, no tenía pinturas de camuflaje y ni siquiera torres de transmisión. La única estructura metálica que había en el techo era la frágil antena que servía al aburrido guarda para ver los soporíferos programas de la televisión oficial, hasta que los cazabombarderos aliados convirtieron en añicos la estación de transmisiones. 

A pesar de todo, alguien llegó a la conclusión de que en el interior de ese búnker, situado en el centro de un barrio residencial de clase media, al lado de una moderna mezquita y muy cerca de una escuela militar, se refugiaban cada noche altos prebostes del régimen. Es probable que pensaran incluso en el propio Sadam Husein. Nadie sabía en esos días dónde se ocultaba el dictador, y el intenso movimiento de coches de lujo alrededor del refugio de Al Ameria resultaba sospechoso. Los hombres del general Blosson tenían incluso los planos del refugio, construido por una compañía occidental. Sabían que la plancha superior de cemento armado tenía casi dos metros de espesor y dónde estaba situado el generador, el depósito de carburante y el circuito de ventilación. Para no fallar, se dieron órdenes precisas y los expertos construyeron lo que en el argot profesional se denomina una «taylor bombe»: una bomba hecha a medida. 

El avión, un Stealh invisible, llegó de madrugada, cuando los habitantes de Bagdad dormían profundamente, y largó una primera bomba que fue a estrellarse contra la torreta de ventilación. Los que estaban abajo, asustados por el fragor del primer impacto, bloquearon apresuradamente las puertas. Desconocían que el primer explosivo no tenía otra finalidad que marcar el blanco. Cinco minutos después, la bomba perforante fabricada expresamente por los artificieros norteamericanos pegó de lleno en la techumbre, abrió un agujero de tres metros de diámetro en la capa de cemento, penetró con su chorro de fuego en el interior, atravesó el suelo de la planta baja y fue a estrellarse contra el generador, incendiando el depósito de combustible, donde había 17 metros cúbicos de gasolina.

Cuando llegamos al lugar, en torno a las diez de la mañana, los bomberos vertían agua continuamente por el agujero y una multitud expectante y llorosa se aferraba a la tela metálica esperando inútilmente que entre los escombros sacasen a algún superviviente. El búnker tenía capacidad para 2.000 personas; pero afortunadamente, esa noche, cuando llegó el Stealh, únicamente dormían en su interior 340. Cuando se hizo el recuento final, aparecieron los cadáveres ennegrecidos, con aspecto de piedra pómez y apenas peso, de más de un centenar de niños y adolescentes. Al hacerse pública la tragedia, los portavoces del Pentágono emitieron comunicados en los que acusaban directamente a Sadam Husein de colocar civiles en sus centros de transmisiones militares. La realidad es que ninguno de los periodistas occidentales logramos visitar el sótano del búnker. El primer día porque ardía como un horno. 

El segundo, porque estaba inundado de agua y de ese lodo oscuro y espeso que forman la mezcla del polvo y los restos calcinados de cuerpos humanos. A pesar de todo, todos los que visitamos el lugar y asistimos en días sucesivos a los velatorios, albergábamos una certeza casi absoluta: Sadam nunca había estado en el búnker. Ni siquiera lo había hecho uno de sus dobles o los altos jerarcas del régimen. La inmensa mayoría de los niños que perecieron abrasados en el interior estaban allí porque, por las noches, gracias a la electricidad del generador, encendían un vídeo y pasaban películas del duro Clint Eastwood y de Bruce Lee, el invencible karateca.

El jueves retornamos a Al Ameria, a hurgar inútilmente entre las ruinas. Asistimos de paso a una trepidante manifestación. Apenas llegar al barrio, en una larga caravana de taxis, quedamos envueltos por una enfebrecida multitud que llevaba a enterrar a cinco de las víctimas del refugio. Los torvos muchachos de la Seguridad del Partido Baaz disparaban alocadamente ráfagas de kalashnikov al aire y la gente coreaba otra vez con la voz ronca y la mirada perdida: «¡La ilaja ila Alá!» Fue la única ocasión, durante toda la guerra, en que la multitud intentó atacar a los periodistas extranjeros. Algún camarógrafo, que estaba siendo zarandeado por los irritados dolientes, tuvo que ser rescatado a toda prisa por los milicianos. Se escaparon algunos puñetazos, algún puntapié y las cosas volvieron a su cauce. Lo más asombroso era que, bastaba que se interpusieran los funcionarios del Ministerio de Información o que los militantes armados del Partido Baaz ladraran unas órdenes para que la gente quedara paralizada, lo que dejaba una vez más patente el profundo terror que el régimen de Sadam Husein infundía en sus ciudadanos. Uno de los cambios más llamativos que produjo la masacre de Al Ameria fue que se vaciaron inmediatamente todos los búnkeres de Bagdad. El sótano del hotel Rachid, donde desde el principio de la guerra dormían los familiares de muchos funcionarios, estaba desierto aquella noche. En lugar de producir una ola de furia o rencor entre la población, la visión de más de trescientos cadáveres calcinados desató el pánico y la depresión. La gente empezó a pensar que no estaba segura en ningún lugar y, con ese fatalismo que a menudo caracteriza a las masas árabes, optó por retornar a sus casas y encomendar a Alá todopoderoso su destino.

La población iraquí nunca ha creído mucho en los medios de comunicación oficiales, y a mediados de febrero, cuando había transcurrido ya casi un mes de guerra, no daba la menor credibilidad a los triunfalistas comunicados de Radio Bagdad. Mucha gente estaba convencida de que los pilotos norteamericanos buscaban afanosamente el lugar donde se encontraba el presidente Sadam Husein y que iban a ir arrasando uno a uno los búnkeres de Bagdad. Lo más curioso es que muchos iraquíes, en privado o a escondidas, no se recataban a la hora de manifestar su estusiasmo por esa posibilidad. Algunos funcionarios llegaban al extremo de decir que Sadam Husein jamás abandonaría el poder y que antes de dar su brazo a torcer y admitir que estaba siendo derrotado por la aviación aliada iba a sacrificar a buena parte de la población. Tenían razón. A esas alturas del conflicto, el alto mando iraquí había concluido ya la retirada de las unidades de la Guardia Republicana desplegadas en Kuwait y en las proximidades de la frontera saudí, sustituyéndolas por milicianos mal armados y escasos de entrenamiento, a los que se iba a abandonar a su suerte.

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