23 octubre 2012

A De Capri le va todo


En realidad Capri hace a pelo y a pluma, a turismo caro y a turismo barato. El turismo barato no pernocta en la isla. Llega a bordo de los barcos que vienen de Nápoles y echa en Capri el día comprando sandalias, haciendo fotos, trasladándose siempre en pelotón y comiendo la pizza más barata que encuentra.

Algunos de estos turistas son carne de crucero y prácticamente una filosofía de vida resumida en el tradicional quiero y no puedo. La verdad es que quieren mucho pero pueden poco, y el hecho de ser crucerista no las inviste de ningún privilegio especial. Al final se van por donde han venido, sin dejar en la isla ninguna huella digna de mención. De Capri les queda el recuerdo de una camiseta o media docena de fotos, y acaso, con un poco de suerte, la cantinela de un guía que les habla de un humanista sueco y un emperador, aunque a los diez minutos ya no sepan quién era el humanista y quién el emperador.

 Cuando las avalanchas de turistas diurnos regresan a los barcos, Capri recupera su cadencia de balneario y los perfiles de las cosas adquieren un aire mágico, levemente viscontiano. Es media tarde. Viejas damas tocadas con pamelas o turbantes salen a tomar el te mientras los adolescentes aprovechan las últimas horas de playa. Un grupo de turistas rezagadas se detienen en el escaparate de Versace antes de tomar el funicular que las devuelva al puerto. Son valencianas y comentan, con una seriedad propia de entendidos: «Estos italianos tienen bastante gusto poniendo los escaparates». En un abrir y cerrar de ojos, mira por dónde, las valencianas, le han perdonado la vida a Versace. A las pamelas de las emperitolladas damas les suceden las motorolas de los señores.

Se conoce que también en Italia están de modo. Los hombres bajan a la plaza con el teléfono cosido a la palma de la mano, como si quisieran proclamar un protagonismo que tal vez la vida les niega. Hablan, hacen como que hablan o simplemente juegan con el aparatito esperando la llamada que no existe. Cuando todas las posiciones de la piazzetta están tomadas por un público de mediana edad, llegan los jóvenes. Ellos, con sus vaqueros y sus camisas de uniforme. Ellas, con sus vertiginosas minifaldas y unos escotes que hacen temblar el misterio. A esa hora, y en ese lugar, la concentración de mujeres bellas es apabullante.

El mirón no da abasto a tanto desfile de variedades. Su ensimismamiento va en aumento. A lo mejor le pellizcas y ni se entera. Los más jóvenes de entre los jóvenes ocupan las escaleras, que dan a la iglesia de San Esteban, un puesto de observación cotizadísimo. Si hubiera que pagar peaje por ocupar el trocito de pasarela, el ayuntamiento ya se habría hecho multimillonario. Las escaleras de San Esteban son el lugar de encuentro obligado para todo aquel que tiene una cita en Capri.

Ahí no hace falta consumir ni lucir pamelas. Sólo mirar y encontrarse. A veces hasta se encuentran los que no se buscan. Rafaele Colucci, ministro de turismo de la región de Campania, pasa sus vacaciones de «ferragosto» en Capri. «La isla tiene doce mil habitantes y en verano se multiplica por diez. No tengo nada en contra del turismo de masas, pero aquí hay que limitarlo todo. El lugar es pequeño, las plazas están contadas y nuestro único medio de transporte son los pies.

En realidad Capri se mantiene gracias a la severidad de una serie de normativas». Colucci descansa en un complejo hotelero hecho a imagen y semejanza de las mejores clínicas de adelgazamiento europeas. En el mismo lugar se ha creado un centro para el estudio del Mediterráneo. Arqueólogos, ecologistas, historiadores y artistas se dan cita para tratar temas comunes al área mediterránea.

Antonio Cacace, promotor de muchas de estas iniciativas, es un italiano guapetón que siente Capri en las venas como si fuera el mismísimo Tiberio. «A nuestro favor no sólo tenemos la belleza, sino la historia. Muchas de las villas que pueblan Capri son como un libro abierto». Cacace ha impulsado una línea de helicópteros para comunicar la isla con Nápoles y otras islas vecinas. Todo su empeño es idear proyectos nuevos, situar a Capri en la avanzadilla del mejor turismo europeo. Seguramente se trata de una preocupación común a todas las personas que viven en la isla Elio Sicca, coordinador de la hacienda autónoma de turismo de Capri, cuenta el experimento que el próximo mes de septiembre realizarán conjuntamente la SIP (una sociedad estatal de comunicación) y la asociación de pirotécnicos italianos en un intento de descifrar los códigos que utilizaba Tiberio para comunicarse con los romanos de la península sorrentina.

Sicca desea que el espectáculo sea algo más que una fiesta de atracción turística. De la luz de los juegos puede salir también la luz de historia. Curzio Malaparte decía que Capri era el ombligo del mundo. Naturalmente, Curzio Malaparte barría para casa, pero no le faltaba algo de razón. Como él han pensado, a lo largo de los años, muchos hombres ilustres.

Sin olvidar a Axel Munthe, el médico sueco que dio proyección internacional a Capri, o a la familia Krupp, que hizo construir una importante carretera, hoy cerrada al tráfico, amaron también Capri Maxim Gorki, Alejandro Dumas, Grahan Green, Aristóteles Onassis, Jean Paul Sartre, la Begum o Greta Garbo. Valerio de Domenico, el primer paparazzi de la isla, evoca los tiempos en que aparecía la Callas y todo el mundo se arremolinaba en torno a ella para verla reir con su boca feroz y huracanada. «En aquella época había grandes estrellas», dice su mujer, que regenta una tiendecita de fotos. «Recordamos a Ingrid Bergman, a Rita Hayworth, a la Gabor, Henry Fonda, Joan Crawford, Anita Edberg, Gingers Rogers, John Wayne, María Montes, Clark Gable, Yvonne de Carlo, Sammy Frey, Peter Sellers, y naturalmente, a casi todas las familias reales del mundo. Pero sobre todo recordamos a los Onassis, que vinieron muchas veces, y a Liz Taylor, que trajo a varios de sus maridos. Onassis era un tipo muy campechano. Pasaba por aquí delante y gritaba levantando los brazos: «¡Ti Domenico, ¿come vai?» Era muy rico, pero muy sencillote, muy del pueblo...

Aquella fue la era dorada de Capri. Salíamos en todos los periódicos del mundo...». Como Valerio di Domenico, Amadeo Canera conoce de primera mano la mejor historia del lugar. Amadeo hace sandalias a medida en una pequeña tienda. Ahí, sentado trae un mostrador que apenas recibe la luz de la calle, el zapatero atiende sólo a sus zapatos. Es un hombre de pocas palabras, pero sonríe con la mirada cuando alguien le habla de las estrellas que han puesto los pies en sus manos. «Oh, han sido tantas que apenas logro recordarlas. Llevo ya cuarenta y seis años haciendo sandalias y midiendo los pies de las estrellas... Mire, en estos ficheros conservo los datos de todas. Si tuviera que destacar dos, mencionaría a Sofía Loren y Jackie Kennedy. Han sido dos buenas clientas».

Hace unos días, en la misma calle donde Amedo Canera teje minuciosamente sus sandalias, Rafael Alberti caminaba con paso lento del brazo de su mujer. Muy pocos reconocían al escritor. Los capriotas están hechos a la idea de que los mitos pasaron a la historia y apenas se toman la molestia de preguntar si en la Marina Grande ha amarrado un barco de postín. Sólo Nureyev, con sus pequeños escándalos de saltimbanqui, entretiene la soledad de las comadras locales. Cuando Nureyev regresa a su isla, Capri vuelve a su ser. Las casas pompeyanas, con su color de sangre y sueño, recuperan la mejor fisonomía. Los balconajes vomitan geranios y bugambillas. Junto los pórticos, que miran calladamente hacia el horizonte, siempre asoma la figura de un ciprés. El mediterráneo está en su salsa.

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