14 junio 2012

Como dandy estaba contento

Es fácil y difícil hablar de Max Beerbohm (1872-1956), el último de los decadentes británicos de los nineties, la época de oro y plumas de Wilde... Beerbohm escribió relatos, teatro, una novela, cuentos, conferencias y resulta que su obra es numerosa y breve porque solía publicar todo por separado, en ediciones bonitas, aunque terminara juntando los cuentos... Además fue un exquisito y refinado caricaturista y sus dibujos no se cotizan menos que sus escritos. Por ejemplo, el librito (más fábula que cuento) que acaba de publicar Acantilado, El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados se publicó como The Happy Hypocrite en Londres, en 1897, pero más tarde se reeditó en su colección de cuentos Seven Men (1919), donde está sin duda lo mejor de su obra, por ejemplo el relato Enoch Soa-mes, que tradujeron Borges y Bioy para su Antología de la Literatura Fantástica... Esa colección de cuentos y la frívola y refinada novela Zuleika Dobson (1911) es lo mejor de la escritura refinada, casi algo rococó a veces, de Beerbohm, que normalmente se dedicó a lucir su palmito entre Londres y Rapallo -al sur de Italia, en la divina costa amalfitana- donde oficialmente vivió desde 1910, cuando se casó con la actriz Florence Kahn. Unos dicen que en Rapallo la vida tenía un chic bohemio mayor que el de Londres y, además, era más barata. Otros, que allí las infidelidades (si es que no era impotente) resultaban más ambiguas. Allá amistó con Somerset Maugham, otro oculto, pero en otro estilo... 

Porque Max era la elegancia del talle perfecto y el chaleco inverosímil, con la gracia de su colección de caricaturas de 25 caballeros distinguidos (por lo que fuera) que publicó en 1896, a la par que su primer libro escrito llamado con cierto gracejo Las obras de Max Beerbohm. El farsante feliz o El feliz hipócrita juega con el decadente tema de la máscara (caro a Wilde, a Lorrain y a otros estetas): has de saber que la máscara es siempre más verdadera que el rostro. Y así cuando el perverso Lord George Hell se pone una sofisticada máscara de santo para conquistar a una chica piadosa, el libertino -no desvelemos más- culmina sin saberlo y sin máscara siendo un santo de verdad. No por ascesis, sino por la virtud enmascarada, casi otro título. 

Frívolo, chispeante, amante de los salones, del gossip y de la sociedad refinada, la vida de Max (como la de Harold Acton) es de verdad las memorias de un esteta. Pero alguna vez le faltaba dinero, y así al filo de la Segunda Guerra Mundial tuvo que dar unas charlas en la BBC sobre su sutil mundo perdido que luego transcribieron y editaron. Muerta su esposa y casi todos los que fueron sus amigos públicos o privados (sólo Maugham le sobrevivió, pero eran otros modales), uno imagina sin dificultad a un viejito ingenioso y notable que, como Boni de Castellane, también pudo escribir El arte de ser pobre (sin parecerlo).

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