23 febrero 2016

A los DVDs les quedan 5 años de vida según Bill Gates

El siglo del cine, recién terminado, ha sido engullido por el nuevo siglo del audiovisual, definido por una densa iconosfera que ha hecho realidad el sueño de la civilización de la imagen. Hace medio siglo, el director Alberto Lattuada profetizó que llegaría un día en que las cámaras filmadoras, grandes y pesadas en su tiempo, serían como los bolígrafos que llevaba en su bolsillo. 

Ese día ya llegó, con las cámaras digitales pequeñas, ligeras y versátiles, que permiten practicar una libérrima cine-escritura de bajo coste.

Pero también muchos teléfonos móviles son ya cámaras filmadoras y se comprende que ya no se autorice su entrada en museos, vestuarios, saunas y gimnasios. Por no hablar de las webcams ubicadas en el corazón de las casas, amenazando permanentemente nuestra intimidad, como el ojo del gran hermano orwelliano. En resumen, hoy se capturan imágenes en movimiento con la facilidad con la que se escribe en una hoja de papel y los inventarios de imágenes existentes, que proponían algunos eruditos ilustrados del siglo XVIII, se han hecho ya del todo imposibles.

Esta facilidad en la captación de imágenes tiene su correlato en la facilidad y la ubicuidad de su difusión y reproducción, con las imágenes portátiles del teléfono móvil, del vídeo o del DVD, aunque Bill Gates ha concedido sólo diez años de vida a este soporte digital, que se abandonará, según él, porque los DVD se rayan y se pierden (lo que es cierto).

Estos soportes icónicos ubicuos se nos aparecen hoy como los nietos tecnológicos de las fotos polaroid, que introdujeron a mediados del siglo pasado la fotografía inmediata, sucesora perfeccionada del famoso fotomatón, que industrializó sus tiras verticales de retratos en el ya lejano 1928, pero que siguen todavía en funcionamiento en algunas cabinas de las grandes ciudades.

Ya no sabemos si en el ciberespacio que nos ofrece internet hay más palabras o más imágenes, aunque sospechamos que en «la calle comercial más larga del mundo» (Bill Gates dixit) lo que más abunda son las sex-shops, de manera que la mayor parte de sus imágenes derivan de la bulliciosa productividad de la libido. Sabemos también que al cine porno convencional y profesional le ha salido la competencia del cine porno amateur o doméstico, una extensión narcisista del antiguo cine amateur que se dedicaba a celebrar bautizos, primeras comuniones y viajes turísticos a los trópicos. 

También sabemos que las imágenes de intimidad erótica grabadas por una pareja pueden convertirse en un arma arrojadiza cuando la pareja se rompe y el hombre decide exhibir en internet sus proezas sexuales con su antigua compañera. La audiencia de Lérida sentenció hace algún tiempo que una mujer no podía reclamar contra las imágenes eróticas difundidas gratuitamente por su expareja, si había consentido su grabación. Pero algunos meses después el Tribunal Supremo rectificó este criterio, creando la figura jurídica de la intimidad compartida, una intimidad que pertenecía a dos personas y ambas debían autorizar su publicidad.

Algunos teóricos argumentaban hace años que el videoteléfono no tenía futuro por su elevado coste (argumento superado por la tecnología), por su intrusión brutal en la intimidad ajena o por su excesiva implicación emocional, pero todos los adolescentes de las sociedades desarrolladas han desmentido masiva y clamorosamente aquel diagnóstico.

Ante la actual selva de imágenes, analógicas o digitales, canónicas o heterodoxas, comerciales o gratuitas, masivas o egocéntricas, parece confirmarse que uno de los grandes motores de esta explosión icónica deriva del encuentro de la pulsión narcisista con la pulsión voyeur, que es inherente a la especie humana y que los psicoanalistas identificaron como pulsión escópica. Ya antes que ellos, Epicuro pensaba que la visión era una especie de tacto a distancia. Por eso se dice a veces que mirar a alguien con deseo es desnudarle con la mirada.

Y por lo que atañe al narcisismo, que la publicidad y las industrias del deseo alimentan sin tregua, su plasmación digital en el ciberespacio ha desembocado clamorosamente en forma de los nuevos videoblogs, que halagan el ego y la vanidad de sus autores. En una sociedad en la que la visibilidad se ha convertido en un derecho individual y social (como confirman los reality shows televisivos), la proclama narcisista ha encontrado perfecto acomodo en el ágora universal de internet.

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